Mi primer partido

7 Jun

Foto TetéUno de mis mejores recuerdos es el día en que jugué mi primer partido de minibasket  y la víspera.

¡Mi primer partido! Pensaba mientras repasaba una y otra vez la bolsa.

A ver… unos calcetines, las zapatillas, la camiseta de rayas, los pantalones cortos y el chándal. Sí, está todo. Después corría a lo largo del pasillo gritando: uno dos y canasta, uno dos y canasta, pretendiendo tocar con mis pequeñas manos el techo.

Los primeros rayos de luz entraban por las rendijas de la persiana de mi habitación, aunque yo estaba despierta hacía rato. Mi mirada recorría el cuarto deteniéndose, unas veces en la interminable colección de figuritas que mi hermana sabiamente guardaba en lo más alto de la vitrina, otras en las sillas rebosantes de muñecas, unas grandes, otras chicas, otras pelonas, pero todas sonrientes que parecían querer decirme: ¡Por fin ha llegado el gran día!

Agucé el oído. Sí, no cabía duda, el golpe seco de una puerta, el sonido tenue de una radio y el crujir de la madera me advirtieron de la llegada de mi madre.

-Buenos días- decía abriendo la persiana. Son las nueve.

Saltaba de la cama rápidamente. En la cocina, sentada en un taburete  de madera, saboreaba un gran tazón de leche con madalenas,

Los cinco últimos minutos de espera eran un constante ir y venir del hall al cuarto donde mi madre hacía las camas, y de éste a la escalera, esperando oír los tres timbrazos convenidos.

¡Ring! ¡Ring! ¡Ring! Por fin, pensaba y gritaba:

-Adiós mamá, me voy.

Mi madre salía del cuarto y dándome un sonoro beso en la mejilla y colocándome bien el cuello de la camisa me decía:

-Que lo pases bien, y no vengas tarde a comer ¿eh?

-No, adiós

-Adiós

Mi madre cerró la puerta y como una flecha bajé las escaleras saltando unas veces de dos en dos los peldaños, otras de tres en tres y otras deslizándome por la barandilla.

Sentadas en el banquillo, bien peinadas y uniformadas, escuchábamos atentas al entrenador. Bueno, atentas, atentas…no mucho. Unas se arreglaban las coletas, otras miraban cómo hacía el otro equipo la rueda, otras se reían tapándose discretamente la boca  y otras mirábamos absortas cómo volaba entrecortadamente una blanca mariposa.

Por fin comenzó el partido. Todos los consejos, las órdenes y los nervios se olvidaron. Las defensas eran férreas, uno a uno en medio campo. En ataque las canastas eran escasas, pero eso sí, muy aplaudidas.

El descanso era un continuo ir y venir agarradas  al entrenador diciendo:

-Anda, sácame a mí.

-No, no, a mí.

-No, si tú has salido ahora.

-Jo, pero quiero meter una canasta.

-Anda, por favor, a mí.

Una cosa era cierta; tras el partido, todas habíamos jugado, unas más, otras menos, pero todas salíamos contentas, porque ganáramos o perdiéramos, sabíamos que un estupendo helado nos esperaba en una heladería muy cerca del colegio Divina Pastora. El mejor regalo por un gran esfuerzo.

Esta mezcla de miedo, nerviosismo, ansia, alegría y angustia lo volví a sentir cuando, sentada en una silla del hall, esperaba que me recogieran para ir a jugar la final de la Liga de Primera División contra uno de los mejores equipos del momento, el Comansi. Habían pasado casi diez años y qué pena: ¡Ya no habría helado!

Teté Ruiz Paz, base del colegio Estudio, del Canoe y de la Selección Española. Los que disfrutamos con su juego, sabemos que fue  la mejor base europea de su generación. Si su rodilla se lo hubiera permitido sería, sin duda, el referente del baloncesto femenino español.
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